Lo que un gordo cabrón te puede enseñar sobre storytelling

Dicen que el storytelling es el arte de contar historias.

De emocionar. De conectar. Que ganas suscriptores y vendes más con el poder de las historias.

Pues vale.

Me acordé porque cuando yo era pequeño era gordo. Pero no gordito tipo, “mira que niño más rico, que mofletes.”

No, de esos no. Era gordo, gordo, obeso. Un adelantado a mi tiempo. Un visionario. En los 80 no había tantos niños gordos. No era una plaga como dicen ahora. Nadie demonizaba los lacasitos. Los refrescos azucarados eran respetados.

Bien.

Por si no sabes del tema te diré que hay dos tipos de niños gordos. Los gordos cabrones y los gordos llorones. Los llorones reciben collejas y burlas de otros niños. Los cabrones no se dejan amedrentar y son brutos como militares rusos.

Pero ambos tienen cosas en común. Por ejemplo, son muy observadores.

Si eres más torpe y juegas de portero, miras a todo el mundo. Lo que hace, por qué lo hace, cómo lo hace. Si vas con la pandilla y quieres cruzar las vías del tren por estrechas tablas, pues pillas un atajo. Si unos macarras van detrás, pues ya sabes de antemano donde esconderte.

Si te gusta una chica… bueno, si te gusta una chica te jodes.

Luego pasa otra cosa.

Algunos mayores hablan como si el niño gordo fuese sordo. Y no es sordo, es gordo y ellos son idiotas. Mucho. Y tienes que escuchar comentarios desagradables. Como aquel dependiente que le dijo a otro “no puede vestirse aquí, está demasiado gordo. Debe ir a la sección de mayores.”

O mi profe de gimnasia, Don Paco, que me llamaba «manteca» cuando intentaba saltar el potro.

O mi profe de sociales, Doña Elena, que se reía de mí a la salida del cole cuando la venía a buscar un pijo en moto.

El pijo no decía nada, quizá pensaba que era una impresentable, no sé.

Estaba claro que no iba a renunciar a ella por un gordo, porque Doña Elena estaba un rato buena. Una cosa no quita la otra.

Puedes pensar que les guardo algún rencor, pero no. No cambiaría ni un minuto de mi infancia, ni uno solo de esos comentarios. Todo tiene un motivo.

Como motivos tenían mis padres para llevarme a un endocrino. Los días previos estaba preocupado. Los niños no me daban ningún miedo, pero los mayores, sí. No sabía lo que me diría aquel hombre.

Quizá me regañaría o se burlaría.

El caso es que aquél «mayor» es uno de los grandes recuerdos de mi infancia. —Gracias a mis padres, claro—.

En un momento donde estaba perdido, atascado y confuso, me guío. No fue la dieta, fue él. Adelgacé 25 kilos en 10 semanas y todo cambió. Cambió con respecto a mí, entiéndeme.

Las chicas me incluían en sus juegos.

Don Paco seguía siendo imbécil, pero ya no me llamaba manteca.

Doña Elena seguía estando buena, pero ya no se burlaba.

Y el pijo seguía conduciendo una moto.

Todo en orden.

El doctor Palafox me hizo pasar a su consulta, me miró, se sentó y con una sonrisa me preguntó.

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