La gran mentira de los copywriters. Y su trabajo.

En la fiesta que me invitaron ayer volví a pasar sin aportar valor.

No sé por qué me invitan.

Bien.

Uno de los invitados era un tío muy majo obsesionado con los tomates.

Durante mi vida he conocido gente obsesionada con las mujeres, con los hombres, con los coches, con el fútbol, con la coca, con los porros, con los puzzles, con el ajedrez, con el deporte, con la astrología, con la moda, con las redes sociales, con Trump, con su infancia…

pero nunca había conocido a una persona obsesionada con los tomates.

Me gusta la gente con obsesiones.

Suelen estar un poco locos y vienen para contarme sus locuras. Como si supieran que luego las voy a dar uso.

Toda mi vida se me acercó gente muy “rara”. Quizá eso también me convierta en “raro”. No sé.

Quizá sea porque respeto que cada loco tenga su tema.

Ser copywriter es una profesión muy solitaria. A nadie le interesa la opinión de un copywriter.

Si matas tu ego, entonces a lo mejor tienes una oportunidad.

La mayoría de los copywriters tienen demasiado ego.

Creen que están creando algo. O que son importantes. Y no es verdad. Ni cartas de ventas, ni mails, ni anuncios… nada. No creamos nada. Es mentira.

¿Ves a ese señor preocupado por su mala relación con sus compañeros de trabajo? ¿Ves aquella señora que sabe resolverlo?

Pues un buen copywriter solo une un punto con el otro. Nada más.

El caso es que el tipo de los tomates me invitó a sentarme en un sillón en un magnifico porche con increíbles vistas al manto verde que dibuja estas tierras y me enseñó 342 fotografías de tomates.

Has leído bien.

342 fotos de tomates.

De especies diferentes, con colores, formas, cortes, en platos, en tartas, en vasos… una locura.

Pero claro, no de fotos vive el hombre, y se fue al coche para traer tomates. Me dijo que eran de una especie con semillas de Nuevo México.

¿Me estaría tomando el pelo?

Ni idea.

Así que dio un corte y me pasó un trozo. Y allí estaba yo, con una cerveza en la mano y un tomate en la otra.

Lo probé. Era muy dulce. No sabía a tomate.

Se lo dije.

-Claro que sabe a tomate, ignorante. Lo que pasa es que nunca habías probado un auténtico tomate. Por eso te extrañas.

Le respondí

-Hay gente que no sabe distinguir una buena carta de ventas de un tomate. Y luego cuando no ganan dinero, también se extrañan.

Me miró desconcertado.

Yo le mire a él, luego los dos miramos a los tomates. Nos volvimos a mirar. Ya no vi un hombre, vi un tomate.

Un tomate que respiraba.

Que tenía sentimientos, que tenía un corazón, un dolor y un amor olvidado.

El resto de la fiesta nos miraba a nosotros. Ellos no vieron tomates. Vieron idiotas. Nunca verán tomates. Pobres.

Y esa es la razón, por la que muy poca gente sabe cómo hacer para que los demás lean y compren.

Sobre eso hablamos aquí:

Copywriting para atrevidos

Isra Bravo

*Copywriter Isra Bravo