La tentación de la carne y caer en ella para vender sucio

Te voy a contar algo que lo mismo te ayuda a conocer a tu potencial cliente y cómo venderle.

Conocí a una chica vegetariana.

Llevaba varios años de vegetariana.

Nada de carne. Nada de pescado. Ni un solo pecado.

Y con una par de cervezas encima me dijo…

“Isra, te voy a contar algo que nunca le conté a nadie”.

 

Oh.

(Isra. Nunca. Nadie.)

A ver, eso suena muy bien… Ese es un comienzo muy prometedor. Un comienzo que capta atención absoluta y detiene el tiempo.

 

El caso es que me dijo lo siguiente:

“Hice un viaje muy duro, salvaje, me sentía sucia, cansada y sin recompensa. Era durísimo. Era todo tiniebla.

 

Entonces, cuando volví a la civilización, sola, sin nadie mirando, sin nadie juzgando, sin dar explicaciones, sin quedar bien, sin importar nada ni nadie, me comí la hamburguesa más grande y grasienta que encontré”.

 

Oh oh.

A ver, a mí me encantó eso.

Me encantó porque me pareció humano y salvaje y de alguien con mucha fuerza de voluntad.

Es arte.

Caer en la tentación también requiere mucha fuerza de voluntad en ocasiones.

Y me gustó la humanidad, el pecado, hacerlo clandestino, lo oscuro. El sentimiento de culpa.

 

Me gustan los que pecan y mienten alguna vez, me gustan los que piensan sucio, los que beben y no deben.

Me gustan los que alguna vez pensaron en coger lo que no era suyo.

Los que han sido arrogantes, insensibles, egoístas y bocazas.

Me gustan los que no lo miden todo, los que no les preocupa todo, los que han dormido donde no debían con quien no debían.

Me gusta el que no fue a la cita.

 

Me gustan los duros, los que se excitan cuando les juzgan y los insultan.

Los que se han ido con la tarea a medias.

Los que dejaron el problema al que venga detrás.

Los que han tirado el alma al río, desesperados.

Me gustan los tacaños, los que han tenido momentos de locura, los que perdieron la noción del tiempo, los que han muerto 12 veces cada día durante meses y meses.

 

Me gustan los que no saben trabajar en equipo.

Y los marginados del colegio.

Me gustan las niñas a las que llaman feas y gordas y tontas. Me gustan esas mucho más que las otras.

Me gusta la gente tarada y olvidada.

Me gustan los desamparados.

En los que nadie cree. Me gustan, lo consigan o no lo consigan. Me gustan.

 

Me gusta la gente que hace del dolor fortaleza.

Me gusta el corazón roto cuando menos lo esperas, de quien menos lo esperas.

Me gusta el traicionado y me gusta el traidor.

Me gusta todo eso, los supuestos defectos o la vergüenza. Ese sitio oscuro dentro de cada uno de nosotros.

 

Porque para sonreír y decir que eres fabuloso y quieres cambiarme la puta vida, no hace falta comer carne a escondidas.

Y si quieres aprender a vender con tus defectos, humanizar tu discurso, ser un humano que habla a otros humanos y dejar los “trucos” de marketing y ventas para los que no saben ni de marketing ni de ventas, mira aquí:

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Isra Bravo

*Copywriter Isra Bravo